Café con Letras...

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Creo que me estoy enamorando de Cortázar

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Reblogged 1 week ago from green248
"

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez, tu boca se entreabiera, y me basta cerrar los ojos para deshacer todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mi para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonrie por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instántanea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

"

Julio Cortázar. Rayuela

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Reblogged 1 week ago from 39yleciram

Ya no te busques en mis letras, porque ya no escribo para tí.

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(Source: ideasviajando)

Reblogged 2 weeks ago from filosofodemierda

Sin darnos cuenta llegamos a Plaza Cubierta, el ambiente se volvía más solitario, más dulce y especial. Mi mente permanecía tranquila, segura y un tanto ausente. Mis sentidos atentos, se enfocaban en el juego de mis dedos con los tuyos. En las caricias que tu pulgar le regalaba al dorso de mi mano. 

“Tengo que ir a la Biblioteca, hay un libro que necesito y quiero chequear que esté allí. ¿Me acompañas?”. Asentí. Atravesamos el Rectorado y pasamos frente al Aula Magna, algunos pasos más adelante la Biblioteca Central nos abría sus puertas. Halaste el cristal y tus manos me liberaron para responder a tu caballerosidad. Ibas detrás de mi, sin querer estuve apunto  de ingresar por el pasillo que anunciaba la salida. Dulcemente me tomaste por la cintura, me balanceé graciosamente y terminé cerca de ti. Un poco más cerca que antes…

Atravesamos una segunda puerta que daba hacia las viejas computadoras de registro y búsqueda de libros. Tenían la misma forma que un cajero cualquiera. Caminaste primero y te paraste frente a la anticuada pantalla del computador. Yo me paré a tú lado, apoyada del marco que cubría al cajero-computador.

Tomaste el mouse, presionaste Buscar y mientras la página cargaba, dijiste en voz baja: “El primer autor es…” tus dedos deletreaban el nombre del gran filósofo Carl Jung. Presionaste Enter y volteaste para mirarme. Nuestros rostros estaban realmente muy cerca. Mi mente permanecía en blanco mientras tus ojos pasaban de contemplar los míos a observar provocativamente mi boca. Permanecí inmóvil.

Tus labios se acercaron a los míos y se abrieron lentamente abrazando mi labio superior, Saboreé tus dientes y de pronto mordiste dulcemente mi boca. Con la misma suavidad con la que te acercaste, nos alejamos. Seguía inmóvil. 

Miraste de nuevo el viejo monitor. Recorriste de arriba a abajo la lista de libros que te ofrecía el sistema y pasaste el mouse sobre el título que te interesaba. “Aquí está” y diciendo esto volteaste a verme, otra vez…

Tus labios se acercaron a los míos. Estaba más calmada y disfruté ese beso cálido y dulce. Tu mano acarició mi cuello con propiedad y sutileza… Nos separamos, cerraste la página y salimos de la Biblioteca como dos extraños. 

Yo, incapaz de decir algo permanecí en silencio. Tomaste mi mano para darme confianza y mientras caminábamos de vuelta al pasillo marchito de Letras, me susurraste al oído: “Me encantó besarte”

Sonreí, una vez más…

Llegué al pasillo. Subí esa viciosa rampa con la mente pintada de blanco para tapar mis ganas de pensar en ti. Arrastré mis sandalias romanas por ese largo sendero de esperanza y deseo; levanté la mirada y tu amigo apareció frente a mi. Caminó en mi dirección, con su monumental sweter se acercó y besó mi mejilla como saludo. Era una advertencia, cerca de mi estabas tu. 

Me quedé un rato hablando con él para desafiar al destino, si iba a verte no sería por mi. Almenos no desde el principio. Sin quererlo terminé arrastrando mis pies por el pasillo vacío, lleno de letras marchitas y colillas de cigarros…

Justo enfrente de mi apareciste… Tus ojos escondidos tras tus graciosos lentes, detallaron mis piernas, subieron hasta mis muslos e hicieron el recorrido del vestido marcado a mi cintura hasta llegar a mis ojos. Me sonrojé.  Batí mi cabello y me apresuré a saludarte. Mientras besaba tu mejilla, tus manos recorrieron pausadamente mi espalda de arriba  a abajo y apretaron mi cintura. Me estremecí. Te miré fijamente y pregunté cómo estabas, tratando de ocultar mi vergüenza. “Todo bien” aseguraste. 

Caminé hacia uno de los bancos del infinito pasillo de la Escuela, abrí mi bolso e intenté buscar mi agenda para tranquilizar mis nervios. Volviste a aparecer, tu voz acarició mis oídos y subí la mirada para enfocar tus ojos. “¿Qué harás ahora?” dijiste pausadamente. “Tengo que sacar algunas copias. ¿Me acompañas?”.

Caminamos hacia la puerta donde se ocultaba la fotocopiadora. Yo enfocaba el piso para evitar la tentación de mirarte, sin embargo, sentía como tu ojos se posaban sobre mi y enfocaban los míos de la manera tan intrigante como sólo tu sabes mirarme. 

El destino planeó todo. Las guías que buscaba habían desaparecido y la mujer de las copias se rehusaba a buscarlas; con una sonrisa burlona insistió en que pasara más tarde. Le devolví la sonrisa y susurré un “está bien” poco creíble. 

Aprovechaste la oportunidad. Supongo que para ese momento sonreías dentro de ti. “Si quieres podemos ir a caminar”. Quedé fría. “Vale, vamos” respondí con indiferencia y una vez más arrastré mis sandalias romanas por la rampa de Letras, esta vez estabas tu a mi lado. 

Empezamos a caminar sin rumbo, recorriendo pausadamente los largos pasillos del genial Villanueva. “No sé a dónde vamos”, dije todavía con la mirada fija en el piso. “No importa” contestaste seguro. “Te ves hermosa” dijiste mientras acercabas tu boca a mi oído. Tu voz acarició mi cuello y tus manos intentaron jugar con mis dedos como aquella vez. 

Me alejé disimuladamente y murmuré un gracias que a duras penas logró salir de mi voz, nerviosa e intimidada por tu presencia. Seguimos caminando; ya las personas empezaban a desaparecer y el paisaje empezó a cambiar. Dejamos atrás los murales y paredes de concreto para ingresar a la verde espesura de Tierra de Nadie. 

Hablábamos de trivialidades, intentando rellenar el silencio tan intimidante que gritaba mis ganas y las tuyas por explorar tu voz y la mía. Una vez más te acercaste a mi. El angosto camino de piedras por el que transitábamos obligaba a nuestros cuerpos a acercarse un poco. 

Tus brazos me rozaban y tus manos, una vez más, intentaron acercarse a las mías. Esta vez con éxito. Tus dedos recorrían mis uñas y jugaban con mi meñique, pasaba a mi pulgar y se aferraban delicadamente a mi dedo índice. Hasta que vencida en la lucha con tu mano, caí en la tentación de enlazar nuestros dedos y encajarlos como un rompecabezas. 

Caminamos así largo rato. “Te ves bellísima hoy” dijiste nuevamente. Esta vez, habiendo recuperado mi equilibrio, mi seguridad y mi voz contesté “gracias”.

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(Source: erickbautista)

Reblogged 2 weeks ago from iisaax
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